Imagínate que estás delante de un espejo, y que te gusta lo que ves. La vida te sonríe, todo te sale bien, todo fluye. Te enamoras del espejo, que no para de sonreirte.

En mi caso, sin avisar, la imagen del espejo desapareció. De repente no reconoces NADA de tu imagen anterior. Miras al suelo y ves un montón de pedazos. Tu primer impulso seguido de la rabia de perderlo todo es recoger los pedazos y volverlos a poner en su sitio. Quieres que todo vuelva a ser como antes. Pero esos pedazos que recoges del suelo ya no reman por ti. Van cada uno por libre, remando en mil direcciones, intentando salvarse del desastre. Y hay tantos trocitos que no sabes qué lugar ocupan en el espejo. Para recuperar la visión global, te dispones a explorar tu propio yo, como un mapa que te salvará del rompecabezas. Un tsunami de realidad se manifiesta, te tragas la noticia de que no es el espejo el que se ha roto, sino tú mismo. Esos pedazos que están en el suelo se vuelven a dividir al darte cuenta de que ya nunca volverás a ser el que eras. PUNTO. 

¿Y ahora qué haces con tu vida, cuando no tienes TU vida de siempre?

Os voy a contar lo que hice yo. Como mi cerebro anda siempre buscando la manera de economizar esfuerzos, empecé a construir mi nuevo yo RECUPERANDO  los trozos más grandes del suelo. Una vez los recopilé pasé a quedarme solo con los que me gustaban. Ya que estamos empezando de 0, ¿por qué no quedarme sólo con lo bueno? Estos trozos grandes y buenos resultaron coincidir con mis valores, el núcleo de mi ser.

El segundo nivel de pedazos que recoger lo formaron mis experiencias. Ya sabéis el dicho, “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Aquí hubo también que aplicar otro filtro, porque atesoro experiencias negativas que no he digerido por completo. Experiencias que me bloquean y no me permiten avanzar a veces. Estas últimas les seguí guardando un sitio en el suelo, cerca de la basura donde espero que algún día tenga la valentía de tirarlas.

El tercer nivel lo formaron las habilidades, que van y vienen como una borrasca que descarga y se marcha. Las habilidades en mi no suelen ser perpetuas. A veces se quedan sólo unos días, como por ejemplo la paciencia. A veces se quedan más tiempo, como la cabezonería.

De todo esta reconstrucción surgió un nuevo YO. Ya tenía el capitán (yo mismo), el barco (la reconstrucción de los pedazos) y la tripulación (mi familia y amigos que asumieron mis cambios). A esta empresa le faltaba un puerto destino, una meta, o varias, para dar buen uso de todo su potencial. En mi caso elegí volver a construir una familia, alrededor de mi mujer y mi hijo.

Para acabar, si algo he aprendido en estos años que ha durado mi reconstrucción es que todo puede variar y varía. Aquí y ahora hay que estar atento a cualquier cambio en mi YO (valores, vivencias y habilidades) y en mi empresa para CAMBIAR EL RUMBO antes de que el entorno me cambie a mi.

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