Hay quien dice que no hay que retroceder ni para coger carrerilla. Yo, por orgullo más que por el consejo popular, me he negado siempre a este «retroceso». Cuando todo sale bien la celebración nubla la vista al analista que llevamos dentro, y en la derrota la furia destruye toda prueba del fracaso.

Eso si, con el tiempo he aprendido que ya acabe el reto en victoria, derrota, o a mitad del  camino, una mirada atrás vale mucho y cuesta poco. Mirar para tomar nota de lo que ha funcionado, para repetirlo, y aprender de las veces que el correr me ha llevado a un pozo profundo y oscuro llamado derrota.

Y en estas últimas estamos en esta ocasión. La pérdida de peso no va según lo planeado. Tampoco va «mal», ya que a diferencia de otras tentativas no he sufrido el efecto rebote. Estoy en la «zona de confort» de mi báscula. Lo que si que se ha resentido es mi moral, harto de luchar contra un molino cuyas aspas no paran de moverse intimidándome.

Embestirlo cual caballero quijotesco nunca ha funcionado, así que no que otra que estudiarlo en detalle, buscar sus patrones de comportamiento, sus puntos débiles. En fin, cualquier rendija en su defensa por la que colarme para desenchufarlo. Y ahí está, claro como un día pegado al astro sol: atracones después de periodos de contar calorías y mirar para el sentido contrario a la tentación.

Si, eso es, mi patrón alimenticio es como un molino con tres aspas que no para de girar: abstinencia, atracón y posterior sentimiento de culpa. Así desde hace unos 15 años, cuando empecé a tapar la frustración de jornadas infinitas de trabajo con no menos infinitas paladas de comida. Bueno, ya tenemos el nombre y el apellido del enemigo. Ahora sólo nos queda lo más fácil, trazar un plan para vencerlo. La clave común a todos los expertos expertos consultados, un poco de psicología: menos restricciones para provocar menos atracones.

Y ya estoy listo para volver a mirar hacia adelante, para seguir aceptando el reto, con una estrategia renovada. No me deseéis suerte, ya que lo que necesito es moderación, que no abstinencia, ante las tentaciones gastronómicas del día a día. Y afortunadamente, en mi mano está.

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