Ayer tocaba escuchar a un coro de niños que cantaban juntos por primera vez. Asistí medio obligado, en uno de esos días en los que no te apetece nada. ¿Queréis saber cómo un día de m…. se convierte en un paseo por el cielo? Os cuento la historia, con principio predecible y final inesperado.

Hace unas semanas llegó el enésimo correo del cole. En este caso el email nos invitaba a apuntar a nuestros hijo al enésimo nuevo proyecto, un coro. Mi hijo, ¿dando el cante en un coro? Tiene que ser una broma. El arte y mi familia no son compatibles, no tenemos “duende”, punto.

En mi familia hubo un intento de sacar la vena artística, cuando mi madre mandó a las pruebas del coro del cole a dos de mis hermanos. Después de escucharles, al que se le hinchó la vena fue al profesor de música de turno. Mandó a paseo a mis hermanos a gritos, él que se vanagloriaba de cuidar su voz en clase. Y los mandó con el siguiente mensaje: “Que nadie con vuestro apellido vuelva a presentarse ante mí”. Ese día mi madre envejeció un año de golpe. Hay veces que la historia está ahí para ser repetida, otras para aprender.

Menos mal para mi vástago que su madre y yo decidimos cambiar de colegio, y con ello de profesorado de música. También cambiamos el sistema de elección de actividades extraescolares, pasando de la dedocracia a la democracia. Con un único voto en la urna, el de mi hijo.

En la urna había un pulgar hacia arriba, o eso quisimos interpretar. Con los niños nunca se sabe. Y así comenzaron los días de ensayo en el cole. En breve llegó la convocatoria para cantar en una misa de aniversario del cole. Esto que empezó de manera inocente pasó a no ser ni a broma ni un juego de niños. Tocó pisar el acelerador, sustituyendo clases de deportes por coro y practicando en casa. Mi hijo no paraba de pedirme el móvil para escuchar las canciones. Si, el coro iba a cantar 8 canciones, en dos semanas.

El día anterior le “informamos” al cantaor de que íbamos a asistir a la misa. Sabíamos que no le gustan las sorpresas, y menos ver a sus padres en actuaciones públicas. Durante las representaciones anteriores, en clave navideña, había hecho la estatua. La boca de mi hijo se abrió más que la del Papamoscas al entrar por sus oídos la mala noticia. Pero lo asumió.

Y llegó el día de la misa. Me tocaba escuchar, a mi que me gusta más hablar o escribir. Y escuché. Escuché con unos oídos poco acostumbrados a la música. Sólo distingo dos tipos de voces infantiles, los que son inocentes y los que parece una inocentada escuchar. Menos mal que el coro era más de los primeros. Sonaban en conjunto como los ángeles. No se confundieron ni en las letras ni en los tiempos, o al menos que yo me diera cuenta.

Al acabar la misa salí con la impresión de que mi hijo se estaba haciendo mayor, vamos, que ya no le hago tanta falta.Ya empieza a ser autónomo y a sacar a pasear del dedo pulgar de las decisiones. Empieza a entender que para conseguir cantar en un coro hace falta muchas horas de práctica, una profesora con oído selectivo, y algún que otro sacrificio. Pero todavía conserva la inocencia, bendita inocencia, y la ilusión, que nunca falte.

Tengo muchas aficiones, pero casi todas son meros pasatiempos. ¿Sabéis lo que me hace feliz de verdad? Ver a mi mujer o a mi hijo vivir y conseguir sus sueños, y comprobar que yo soy una pequeña parte de ellos.

Con sólo 8 canciones, menos que un CD de los de antes,  he cargado las pilas y sigo tiempo después en una nube. Listo para seguir afrontando mi sueño personal. Si quieres compartir qué es lo que te llena o buscar algo que te haga volar por la estratosfera con energía ilimitada, mándame un email a hola@aquiyoahora.es y lo comentamos.

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