Ya he perdido la cuenta de las veces en que una inocente charla conmigo acaba en una batalla por tierra, mar, aire y espacio exterior. Siempre acabo destrozado, y nunca con una victoria en mi mochila. Quizás porque sólo hay un resultado posible cuando pierdes el control emocional. Y pasadas las horas me pregunto ¿cómo se me ha podido escapar la situación de las manos otra vez?

Hay personas que a cada paso son a la par pacientes y críticas. Pacientes para dejar discurrir las situaciones y ver como van madurando ellas solas. Críticas con sus pensamientos, emociones y primeros impulsos. ¿Es realmente esa primera impresión la que quiero transmitir? Tienen la capacidad de filtrar y mirar para otro lado si lo que ven, huelen y sienten, no les convence. Pero no soy de esos. Como bien dice mi hermano, yo soy un “buen cliente”, lo compro todo, a cualquier precio, y cuanto más rápido mejor. En cada embrollo veo una oportunidad, y a cada oportunidad lo dejo todo para ponerme al 200% con el nuevo lío. ¿Y tú? ¿Eres de los que lo deja todo por un nuevo proyecto? ¿Cómo te gustaría afrontar un nuevo reto que se te presenta?

A mi, este hábito tipo veleta me ha generado pocas satisfacciones, ningún éxito, y demasiadas jornadas en las que he acabado sumido en la frustración. Como siempre que algo no me funciona, me toca sentarme y analizar la situación. En este caso, hay varias situaciones que revisar:

  • Si se me cruza un sueño, lo primero que hago es sujetarlo fuertemente con las dos manos, para que no se escape. Me imagino cómo será ese momento de gloria al llegar a la meta. Bebo de la botella de éxito soñado, y de un trago. Por supuesto que ni se me pasa por la cabeza valorar todos los pasos que hace falta dar para conseguirlo. Me pongo manos a la obra antes de que se me haya pasado la euforia, para acabar estrellado en la primera curva, noqueado, sin saber lo que ha pasado.
  • En el trabajo aterrizo en una reunión con 9 cuchillos entre los dientes. Para todo tengo opinión y sentencia. Aunque sea algo nuevo para mi y mis compañeros tengan décadas de experiencia. Ellos simplemente esperan mi error y me ajustician con mi propio cuchillo.
  • Cuando alguien que no forma parte de mi círculo entra de manera hostil en mi zona de confort, mi armada lo expulsa sin escatimar en recursos, armas nucleares incluidas. 

Mafalda basta3 de 3, está claro, tengo que mejorar el control emocional. Suena fácil eso de controlar las emociones, pero para mi no lo ha sido en las últimas décadas. En un principio las traté como algo «malo»,  que debía suprimir. Taparlas, imposible suprimirlas, sólo hizo que crecieran más y más dentro de mi. Al no explotar hacia afuera, las emociones acaban por explotar hacia adentro. La implosión acababa conmigo hecho añicos.

Al principio era fácil recoger los trozos de autoestima del suelo y volver a colocarlos en su sitio. El siguiente sueño que se cruzaba en mi camino hacía el resto.

Y con esto ya tenemos cocinados el primer plato y su acompañante de una comida que se me antoja difícil de digerir, meta y sus motivaciones:

  1. Meta: controlar mis emociones en vez de que ellas me controlen a mi.
  2. Motivaciones: dejar de hacer daño a los demás y a mi mismo.

Ahora vamos a por el segundo plato del menú, el plan. Como es muy difícil empezar de cero, decido tirar de histórico y fijarme en los que han tenido éxito donde yo sucumbo. Y resulta que en el trabajo tengo ejemplos a paladas. Sólo me queda filtrar para incorporar a mi equipo los que tienen más éxito:

  • Muchos de mis compis desembarcan en la sala de reuniones charlando de asuntos banales, y cuanto más tensa se prevé la reunión, más se ríen. A mi me cuesta entrar en ese juego cuando estoy tenso, pero con la práctica estoy empezando a jugar, para arrancar el cónclave más tranquilo. Ya no tengo sólo 8 cuchillos.
  • Uno de mis colegas, al tomar asiento, coloca su ordenador meticulosamente, enchufa la corriente, limpia los cristales de sus gafas y prepara el boli y la libreta para tomar notas. He descubierto que repetir la rutina de colocar todo en el mismo sitio hace en mi mente el mismo efecto que unos buenos estiramientos antes de jugar un partido de basket.
  • Luego está el “secretario”. Toma notas continuamente. Esto sirve para:
    • Cerrar la boca. Como no puedo hacer 2 cosas a la vez, si tomo notas no suelto por la boca lo primero que se me pasa por la cabeza.
    • Preparar mejores argumentos. Si tengo alguna idea, puedo afinarla revisando los detalles en las notas.
  • Resulta curioso que el jefe se suele hacer el tonto de la clase. Cuando los argumentos van madurando, coge el mando. Pide permiso para hacer preguntas basadas en su ignorancia. El resto del equipo está sediento por complacerlo para aclarar sus dudas.
  • Por último están los diplomáticos, que aprovechan los descansos en la máquina de café para tantear opiniones en un ambiente más informal, pero no menos importante. Un cuchillo menos a favor de un inofensivo café caliente. 

Aunque no me guste el café, aprovecho el Momentum, AquiYoAhora, para lanzar los cuchillos que me quedan. Cuchillos bien afilados y con la mente centrada. Cuando todo el mundo se vuelve a sentar en la mesa de reuniones resulta que ya está todo decidido.

Para gestionar las emociones hace falta práctica. El libro «Domina tus emociones»  plantea unos ejercicios que te ayudarán a realizar la transición de la teoría la realidad. Porque sobre el papel todo funciona, pero es practicando en la vida real donde realmente hace falta tener el control.

Y por si acaso se me olvidaba, siempre es buen momento de recordar la lección de mi hermano. Antes de  ser el primero en morder el anzuelo, mejor pensar si me merece la pena comprar rápido, o dejar que el tiempo y un buen análisis filtren lo que realmente me conviene.

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