Hay momentos críticos en la vida, de esos en lo que toca tomar decisiones que van a dirigir nuestro destino. Tenía 16 años, cursaba estudios en un colegio que me dio la opción de estudiar ciencias o letras. Me tentaba la idea de estudiar periodismo o leyes, pero parte del pack, las sociales y las naturales, se me daban fatal. En cambio se me daban de lujo las matemáticas, la física y el dibujo lineal. Viviendo en un entorno con cuatro ingenieros, la decisión resultaba fácil. Vamos a ser prácticos y a dejar a un lado  aquello para lo que NO he nacido.

Un año después tocaba elegir Universidad, la alternativa de estudiar Formación Profesional estaba por debajo de mis teóricas posibilidades y notas, y se descartó. El sistema de elección de Universidad se basaba en proporcionar información, cuanta más mejor:

  • El colegio tuvo a bien recibir las visitas de todas las Universidades que querían presentar sus bondades a un grupo de adolescentes acojonados. A través del plástico del proyector todas me parecían iguales. 
  • Dos días nos sacaron a ver mundo, a ver universidades de verdad, de ladrillo y pupitres. Todas nos enseñaban salas de clases, unas más grandes, otras más chicas. La única que me gustó fue la que tenía muchas máquinas para hacer ingeniería sobre el terreno. Un Láser cortaba tanto chapa de acero como madera, y un prototipo de Coche Eléctrico corría sin hacer ni ruido ni tirar humo. Menos pupitre y más ensuciarse las manos, ese parecía su lema. Sería porque las empresas de la zona financiaban directamente la Universidad.
  • Uno de mis hermanos estudiaba en la Universidad del Coche eléctrico. Me gustaba lo que hablaba de su casa, los profesores y el sistema de prácticas. Digo su casa porque él vivía en la Uni, y se le veía feliz. 
  • Por otro lado mis padres querían que fuera a una Universidad que me recordaba a la NASA, muy lejos de mi espíritu práctico. Yo creo que lo querían porque pensaban que con ese título iba a ganar más dinero cuando fuera mayor. Además otros dos hermanos iban a la NASA y estaban todo el día acarreando libros que dejaban atrás en tamaño a la biblia. 

Al final había que rellenar un papel con 3 opciones. A mi me sobraron dos.

El primer año de carrera era común a todas las especialidades, así que la única decisión era cuántas horas invertir para engullir toda la materia. Yo elegí invertir todas, lo que me dio el derecho de elegir especialidad para el año siguiente. 

Esta vez la elección fue muy complicada. Mi padre, mecánico, quería que eligiera mecánica, porque era la que luego te permitía tanto diseñar como llevar una línea de montaje. Pero había dos huesos demasiado duros que roer para conseguir el título. Electricidad no estaba dentro de mi abanico, porque se me daba fatal. Informática se me daba de lujo, y me gustaba. Bueno, los ordenadores se me daban mal pero haciendo programas era un crack. No la vi con futuro (¡¡¡vaya visionario que soy, eh!!!!!). 

Había una especialidad nueva, que todos decían que por el temario iba a estar chupada, sin huesos de titanio que roer. Elegí la opción fácil, la que menos esfuerzo me costaba. La historia acaba con un título de Ingeniería bajo el brazo, pero la certeza de que, en esa especialidad, no lo voy a utilizar en la vida. Pero esa es otra historia.

Las decisiones se pueden tomar dejándose llevar, dejándose asesorar, por instintos o por la lógica de los datos. Incluso se pueden tomar en función de la magnitud del esfuerzo que requieren, o por el alcance de la recompensa. O por muchos otros factores. Lo importante para mi es saber que no merece la pena estresarse pensando en qué pasará si sale mal. La lección que he aprendido yo es que cuanto más importante sea la decisión más tiempo hay que dedicarle. Siempre que no sea urgente. Y llegará un momento en que la decisión se tomará sola. Sólo hay que saber escucharse a uno mismo.  

P.D. Si volviera atrás, además de toda la información que se me dio, me leería un par de proyectos fin de carrera de cada especialidad. Y echándole mucho morro, pediría compartir un día de trabajo real con los proyectistas. No hay nada como probar un bocado para ver si el plato te puede gustar o no.

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