Imaginaros un niño madurando a caballo entre los 80’ y los 90’, cuyo juguete preferido es una pelota de basket de goma naranja sin los puntos, gastados de tanto botarla, y carta blanca para ver la tele en horario infantil. Ojo, una tele con 20” Telefunken, 5 canales sintonizados y con un dedo a distancia, corta, merendando con la compañía de las series infantiles de la época. Esas  que derrochaban metralletas con cargadores vacíos pero nunca acertaban a los malos, y menos a los buenos.

El niño creció, un problema médico le alejó del basket y los deberes y la edad pusieron toneladas de libros entre la tele y él. No era un gran problema, ya que la tele empezaba a ser basura. Le dio por rellenar el vacío con fiesta.  Fiesta “sana”, eso sí, sin aditivos. No pocas veces le comentaron que tenía que ser relaciones públicas en los garitos de moda, pero eso de trabajar sonaba a serio y los Viernes y Sábados por la noche no iban de eso precisamente.

Los años pasaban, en el trabajo le recogía un taxi los lunes, que le posaba en el aeropuerto para viajar. Viajar en aviones llenos de comerciales ansiosos y de técnicos en puestas en marcha quemados antes de encender y probar la nueva instalación en destino. De todos los desconocidos compis de vuelo no se le olvidará nunca uno que iba haciendo el cubo de Rubik, y por haciendo quiere decir que lo acabó. Cada cara tenía un  solo color. Le pareció tan difícil que en el momento sintió admiración por el cubero, sin conocerle.

Podría haberse comprado uno de esos cubos de colores y romperse la cabeza durante los vuelos para hacerlo. Tiempo en ruta no le faltaría, en esa época no había tantas “facilidades” para trabajar como en la hiper-conectada era en la que vivimos ahora. A veces pienso que en cualquier momento los bebés van a nacer con Bluetooth o Wifi y la familia Google pre-instalada. Quizás consiguiendo desenmascarar el misterio del cubo de Rubik hubiera alimentado tanto el cerebro como su autoestima. Pero simplemente el reto le venció antes de empezar, como tantos otros en su corta vida. Si algo no se resolvía rápido, no se resolvía, punto.

Los Viernes volvía a “casa” en el último vuelo, listo para empezar la fiesta del fin de semana. La vida era sencilla en esos tiempos, el guión estaba escrito y sólo había que seguirlo, sin retos insalvables y algo de tiempo que perder.

Bueno, todo el guión no estaba impoluto, en los veranos había un borrón, y eso había que arreglarlo. Faltaba fiesta en la segunda mitad de Agosto, cuando la mayoría de los mortales se van a la playa a dorarse vuelta y vuelta. Los últimos cuatro soldados del escuadrón fiestero que tenía por cuadrilla planificaron  la escapada de Verano perfecta: villa con bares a gusto de los expertos musicales, cuna de la cerveza preferida de la cuadrilla, playa con sol asegurado, fiesta nocturna a nochario y alguna escapada cultural para quemar algún día suelto si la resaca lo permitía.

Ya hemos visto como una persona llega a su “zona de confort post-adolescente”, con un trabajo que le llena los bolsillos y un entorno que le protege de las responsabilidades vacía-bolsillos del mundo adulto. Normalmente las personas no salen de esa zona a menos que les saquen por las malas, pero es que hay personas que no son normales. Y las ganas de echarse novia le hicieron salir de la dichosa zona, con lo cómodo y calentito que se estaba. Sentar la cabeza, lo llamaban algunos.

3 meses después, consiguió quitarse la capa de Super-man fiestero para pasar a ser novio de chaqueta y zapatitos de fin de semana, sin los gallumbos por fuera. Ahora la fiesta era diferente, sólo entre dos, con más restaurantes que bares y más chupetazos por todo el cuerpo que chupitos en la barra. Y llegó el verano, y los tres soldados restantes llamaron a la puerta. ¿Nos vamos a lo nuestro, o qué?

La novia, muy compresiva, “permitió” al cabra-loca una última misión antes de pasar a la reserva. Durante la media jornada en coche que les costó llegar a su oasis, uno de los expedicionarios sacó un cubo de Rubik, y lo resolvió. Dejó a toda la expedición planchada, nivel micro-métrico. Pero bueno, ¿Cómo puede ser que a un Soldado del Batallón de los Nocturnians le dé el coco para hacer eso? Y por segunda vez, el retado miró hacia otro lado y el reto ganó antes de empezar.

El verano pasó, misión cumplida  mediante, y otros diez veranos más, con la embajada de formar familia también cumplida. Ya con un poco de tiempo para quemar otra vez, el reto del cubo de Rubik pasó esta vez por su cabeza. La motivación, que nunca puede faltar, enseñarle al hijo que está enganchado a la tele durante demasiadas horas que se pueden hacer cosas impensables con un poco de cerebro y algo más de paciencia.

Antes los retos se afrontaban como si una mosca, en forma de problema, revoloteara alrededor. Molesto con la mosca, cogía unos palillos, la primera herramienta que tenía a mano,  intentaba atraparla. Resultado, en 2 minutos mosca se posaba retadora en la nariz, los palillos salían por la ventana y pasaba a intentar matar a la mosca a puñetazos. Cosas de la edad, sería.

Para llevar a cabo este reto no empezó moviendo el cubo “con unos palillos”, que estamos en el siglo XXI. Youtube y sus video-tutoriales están ahí para ayudar. 26 minutos de vídeo para resolver el embrollo. Venga, va, porque es para el peque, toca armarse de paciencia para ver el primer vídeo de más de 5 minutos que nos en un partido. Y lo vio una y otra vez practicando con el cubo hasta que se aprendió los pasos de memoria.

Ahora el peque, cuando ve el cubo hecho, lo deshace para dárselo al padre. Cuando lo ve deshecho dice, papá, tú no has podido, mira que voy yo y lo hago…..

Os propongo un reto, la siguiente vez que os tumbéis para quemar el tiempo con  el móvil o la tele, ¿por qué no ponéis un cubo de Rubik o un reto de paciencia en vuestras vidas? Sólo por el tiempo ejercitando las neuronas ya habrá merecido la pena, así que imaginaros que pasaría con vuestra autoestima si lo conseguís, que lo conseguiréis.

 

 

Ah, como siempre se me olvidaba algo ….. con el cubito han mejorado un par de habilidades en las que siempre he cojeado. Tanto la paciencia como la memoria  han pasado de nivel inexistente a principiante. ¿Quién sabe? Las cargaré en el equipo de mi mochila por si algún día las puedo necesitar de ella.

 

P.D.  Con lo que se aprende del Cubo de Rubik de colores 3×3 se puede subir de nivel, el 3×3 de espejos.

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